Evidentemente tengo un dolor muy grande, semi
escondido, que no ha querido salir del todo, hacer erupción de alguna manera.
No sé por qué motivo es exactamente, de donde
viene.
Quizá sea porque estoy pasando por un período muy
especial, quizá porque veo a mi madre cada día más chiquita, más pasita de uva
y aunque no lo diga, tengo miedo.
Sé que no falta mucho, que Dios me ha regalado
esta maravilla de tenerla conmigo aún, pero también sé que no puedo pedirle
maravillas.
Lo confieso, me siento muy sola, por momentos
tengo la sensación que el mundo se me viene encima, que no voy a poder con
todo.
No sé como iré a reaccionar cuando ese día llegue,
hay momentos en que deseo no permitirme pensarlo porque me paralizo, se me
hiela la sangre.
Tengo la consciencia bien clara de que la muerte
es como tantas cosas un proceso de la vida, algo ineludible, pero cuando se está
aferrado a un ser tan querido como una madre, no es tan fácil.
Por eso entiendo tanto a quien pierde a la suya.
Aunque trate de darle ánimos, de sacar a esa persona adelante con palabras para
evitar que se hunda en la tristeza; en mi ser más profundo se que es una
situación difícil de superar.
Y cuando dije que no sé como va a ser mi reacción,
es porque todavía cuando recuerdo el proceso de cada una de sus enfermedades o
situaciones médicas por las cuales ha pasado, no puedo evitar llorar
calladamente. No puedo hacerlo frente a ella, no puedo hacerlo con nadie,
porque difícilmente alguien pueda entenderlo, a menos que haya pasado por una
situación similar.
La muerte de una madre es muy distinta a la de un
padre, y no porque se quieran menos, sino porque el nudo afectivo es menor.
La madre lo es todo desde siempre. El padre a veces está, a veces no. Es un
apoyo o no. Es incondicional o no. La madre está como sea, es incondicional
para lo que sea y soporta lo que sea.
Desconozco el motivo, pero hoy tengo un día muy
triste, tanto como el cielo que en este día nos cubre.
